Bajo la luz amable de un noviembre extremeño, la Ciudad Romana de Cáparra nos abrió sus puertas de piedra por primera vez, dispuesta a contarnos en cada esquina los secretos que los siglos jamás consiguieron borrar.
Para arrancar nuestra caminata, nada mejor que desplegar la mirada sobre
un mapa general del conjunto. En él se trazan con precisión las arterias
visitables de la antigua urbe y los recorridos, en algún caso accesibles, que
nos llevarán a conocer cada uno de sus tesoros.
Con la ruta fijada en la mente y el deseo de descubrir en el corazón,
nuestro primer refugio fue el CENTRO DE INTERPRETACIÓN. Sus salas actúan
como un prólogo fascinante donde maquetas, piezas halladas bajo el suelo y
paneles nos permiten imaginar la vida palpitante de aquellos hispanorromanos
que paseaban en túnica por aquella ciudad que llegó a alcanzar la categoría de “municipium” en época flavia y que, gracias a su situación junto a una de las grandes vías de
comunicación de Hispania, tuvo una importancia considerable.
Pero una cosa es leer la historia y otra muy distinta comenzar a caminar sobre ella. Y así, al cruzar el umbral hacia el exterior, la arqueología nos saludó con su primer vestigio sutil pero revelador: una tumba perteneciente a una de las tres NECRÓPOLIS conocidas de la ciudad. Ver este lecho de piedra a cielo abierto, dispuesto al borde del camino, recuerda la profunda veneración que el mundo romano profesaba por sus difuntos, colocándolos siempre a las afueras de los muros para velar los caminos y acompañar el tránsito de los viajeros.
Prosiguiendo la marcha hacia terrenos aún externos al recinto urbano
estricto, nos topamos con la imponente silueta del ANFITEATRO, levantado
hacia el siglo I a.C. Hoy encontramos sus restos tranquilos, casi dormidos bajo
el cielo extremeño. Cuesta imaginar que este lugar pudiera llenarse algún día
de los vítores, la tensión y el espectáculo de aquellos juegos.
Allí nos detuvimos ante sus paneles informativos, verdaderos testimonios gráficos que relatan la azarosa historia de su recuperación y la puesta en valor de este gran coliseo que volvió a emerger de la tierra para contarnos sus glorias pasadas.
Llegamos así a una de las entradas que permitían acceder a la ciudad: la PUERTA SURESTE. Cáparra tenía una superficie aproximada de entre 14 y 16 hectáreas y su perímetro estaba protegido por una muralla que, en época tardía, llegó a alcanzar unos cinco metros de altura.
Sus restos aparece hoy ante nuestros ojos como un enorme libro abierto, aunque sus páginas sean de piedra y muchas de ellas hayan perdido ya parte de sus palabras. Atravesarla —aunque sea mentalmente— supone empezar a adentrarnos en el corazón de Cáparra.
Desde este punto, siguiendo un sendero flanqueado por olivos centenarios,
poco a poco dejamos atrás los espacios
periféricos para acercarnos al núcleo urbano. El camino, de tierra bien
colmatada y firme, cruje suavemente bajo nuestras ruedas. Mi esposa realiza la
visita en silla de ruedas y, hasta este instante, el trazado del yacimiento nos
venía regalando un paseo deliciosamente accesible, permitiéndonos disfrutar
juntos del paisaje sin mayores sobresaltos.
El paisaje vegetal nos condujo directamente frente a un panel informativo que nos anunció que estábamos pisando ni más ni menos que el CARDO MAXIMUS, la gran avenida transversal que vertebraba la urbe de norte a sur.
Aquí, la geografía arqueológica nos planteó una pequeña encrucijada: si
pretendes continuar de frente, directo en pos de la silueta del célebre Arco
Romano, tropezarás con un tramo de escaleras que interrumpe la continuidad para
la silla de ruedas. Sin embargo, la sabiduría del itinerario marcado en los
mapas nos invitó a desviarnos amablemente hacia la zona de la DOMUS,
permitiéndonos seguir el recorrido casi con total fluidez y sin perder un solo
ápice de encanto.
Integrándonos de nuevo con el trazado del Decumanus y siguiendo ahora por el itinerario accesible, nos encontramos cara a cara con un veterano señor de la distancia: un MILIARIO ROMANO. Esta réplica de la columna de piedra cuyo original se contempla en la visita al Centro de Interpretación, era el "GPS" de la Antigüedad, marcando las millas que separaban al viajero de los grandes centros del Imperio a lo largo de la calzada.
Y entonces, a apenas unos pasos, la mirada se eleva y el aliento se contiene. Ante nosotros se alza majestuoso e inconfundible el gran ARCO DE CÁPARRA, la joya indiscutible de esta urbe.
El arco cuadrifronte se levanta en el punto donde se cruzaban las dos grandes vías de la ciudad, el Cardo y el Decumanus, convirtiéndose en el auténtico protagonista de Cáparra. Sus cuatro frentes y sus cuatro grandes pasos lo convierten en una construcción excepcional, única en la Península Ibérica.
Y quizá por eso impresiona tanto. Porque no parece simplemente un monumento.
Parece una puerta abierta hacia otro tiempo.
Al acercarnos, la piedra empieza a hablar a través de sus detalles: en
sus pedestales aún se aprecian con nitidez inscripciones epigráficas y pequeños
relieves dedicados a la memoria de la familia de Marcus Fidius Macer,
el ilustre y adinerado ciudadano que financió su construcción en cumplimiento
de la voluntad testamentaria de sus padres y así perpetuar su linaje. Alguien,
hace casi dos mil años, quiso dejar constancia de su existencia ¡Y lo consiguió!
Porque allí estamos nosotros, tantos siglos después, leyendo su nombre.
El tiempo ha borrado muchas cosas, pues el monumento estuvo acompañado de pedestales y esculturas dedicados a distintos personajes, pero no todas. Bajo el arco, la imaginación se dispara: Por aquí pasaron viajeros, comerciantes, soldados, funcionarios y habitantes de Cáparra. Por aquí circularon carros y mercancías. Por aquí entraban noticias de otros lugares y salían otras que quizá tardaban semanas o meses en llegar a su destino.
Y nosotros, por unos instantes, hacemos exactamente lo mismo que ellos: pasamos bajo el arco y seguimos nuestro camino.
A un lado se abre con toda su amplitud el FORO municipal. Este espacio despejado era el corazón político, administrativo y social de la ciudad; allí donde los magistrados debatían, los ciudadanos cotilleaban la política imperial, los negocios cobraban vida y se rendía culto a los dioses.
Los foros constituían el auténtico corazón de las ciudades y solían
concentrar templos, edificios civiles y espacios comerciales. En Cáparra se
conocen restos de tres templos, uno de ellos dedicado a Júpiter, además de las
estructuras porticadas que rodeaban el espacio. Hoy sólo quedan basamentos, muros y restos
arquitectónicos. Pero basta cerrar un poco los ojos para que aparezca otra
Cáparra.
Al otro lado del arco se disponen las TERMAS, ese auténtico templo del ocio y el bienestar romano.
El panel explicativo dispuesto a la entrada desgrana con nitidez la
ingeniosa distribución de sus estancias: el frigidarium para los baños fríos
que espabilaban el cuerpo, el caldarium para los baños de vapor reconfortantes
y las salas de masajes donde los patricios arreglaban el mundo mientras se
untaban en aceites.
Ahora solo quedan sus restos en silencio.
Intentando seguir las mismas calles que hace casi dos mil años recorrieron comerciantes, viajeros, soldados y habitantes de esta ciudad, la ruta nos guió hacia las INSULAE, los antiguos bloques de viviendas populares donde la vida cotidiana transcurría ruidosa y viva, puerta con puerta, pared con pared.
Apenas unos metros más allá, nos encontramos ante el panel dedicado al DECUMANUS MAXIMUS y las TABERNAE, establecimientos
abiertos hacia la vía donde se desarrollaban distintas actividades económicas. Aquí
la imaginación vuela sola: podemos escuchar el murmullo de los clientes, el
tintineo de las monedas de bronce y el aroma al vino especiado o al pescado en
salazón que se despachaba en estos viejos mostrales que aún conservan algo de
su traza sobre la piedra que contemplamos.
Siguiendo en paralelo a este imponente trazado viario, otro panel
divulgativo nos relata la epopeya de la propia CALZADA y su evolución a
lo largo del tiempo. No hay que olvidar que pisamos la mítica VÍA DE LA
PLATA, esa gran arteria de comunicación que vertebró el occidente hispano
desde el comercio fenicio y romano hasta las peregrinaciones medievales y las
rutas de trashumancia.
Y así, paso a paso y rueda a rueda, fuimos a desembocar en la PUERTA SUROESTE, el último hito visitable del conjunto, que lejos de ser un mero punto final, este baluarte defensivo y acceso monumental nos despidió rematando un recorrido inolvidable, recordándonos que cada piedra de Cáparra custodia una historia eterna que espera, paciente, a ser leída por quienes caminan con la curiosidad y la sensibilidad a flor de piel.
TODA LA INFORMACIÓN INCLUIDA EN ESTA PUBLICACIÓN, HA SIDO RECOGIDA EN LOS
SIGUIENTES ENLACES:
https://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%A1parra
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